En un hecho que ilustra los extremos de la actual campaña electoral en Perú y la profunda crisis de confianza hacia la clase política, un candidato al Congreso por la región de Cajamarca se sometió voluntariamente a la justicia comunitaria, recibiendo un latigazo público como sello de su compromiso electoral.
El incidente, que ha generado diversas reacciones en la opinión pública, involucra a un aspirante a una curul por el partido Podemos Perú. El político acudió a la sede de la Central Única de Rondas Campesinas y Urbanas de Cajamarca.
Un pacto bajo el látigo
El candidato se presentó ante Fernando Chuquilín, el reconocido y polémico dirigente de las rondas urbanas en la ciudad. El objetivo de la visita no fue presentar un plan de gobierno tradicional, sino someterse físicamente a las normas de la organización para diferenciarse de la imagen negativa que arrastra el actual Parlamento peruano.
Durante el acto, Chuquilín propinó un latigazo al candidato. Lejos de ser un acto de agresión no solicitado, la acción fue parte de un ritual de «compromiso». El aspirante aseguró que esta medida simboliza su promesa de «trabajar y actuar diferente» a los congresistas actuales, cuya desaprobación alcanza cifras históricas.
«El doble de castigo»
Lo más llamativo del acuerdo verbal sellado con el castigo físico es la cláusula de incumplimiento. El candidato empeñó su palabra asegurando que, de llegar al Congreso y no cumplir con sus promesas de campaña, se someterá voluntariamente a recibir el doble de castigo por parte de las rondas.
Este suceso en Cajamarca refleja el complejo panorama electoral en el interior del país. Las Rondas Campesinas y Urbanas son organizaciones de autodefensa que gozan de un alto nivel de autoridad moral y legal en muchas zonas rurales y periurbanas del Perú, llenando a menudo los vacíos dejados por el Estado.
Para analistas locales, que un político acepte —e incluso solicite— este tipo de castigos físicos evidencia la necesidad de los candidatos de recurrir a medidas efectistas para romper la barrera de escepticismo del electorado. En una campaña donde las promesas verbales parecen haber perdido valor, el dolor físico se presenta, paradójicamente, como la única garantía tangible para el votante indignado.